Biblioteca de Ciencias de la Educación

Lecturas para una pandemia, con Oswaldo Guerra

"El pequeño zoológico", de Robert WalserEl pequeño zoológico, de Robert Walser

Presentada por: Oswaldo Guerra Sánchez (PDI de la Facultad de Ciencias de la Educación. ULPGC)

Robert Walser (Suiza, 1878 – 1956) era un auténtico paseante, alguien que disfrutaba del caminar como estímulo para una poderosísima y misteriosa mirada. Delante del papel, su aventura diaria podría haberse traducido en textos meramente descriptivos, de largos y tediosos párrafos. Pero nuestro escritor (novelista afamado, predilecto de Kafka), no iba a perder su tiempo en tales cuadros costumbristas: su delicado modo de ver (mirar, en realidad), entre lo sutil y lo extravagante, entre lo irreverente y lo irónico, le permitió mostrarnos la realidad de una manera totalmente diferente de la que cualquier otro transeúnte hubiera podido imaginar. Un halo de misterio, lirismo y delicadeza se desprende de sus palabras, como si lo que desfilara ante sus ojos (¡la vulgar cotidianidad!), pudiera ser visto de una manera siempre nueva, inaugural, como si lo observado nunca hubiera sido mirado antes, ni por él ni por nadie.

Lo más seguro es que Walser no estuviera muy de acuerdo con el mundo que tenía ante sus ojos y por eso fue creando el suyo propio, sin aspavientos, poco a poco, sin hacerse notar, discretamente. Cuando sus paseos urbanitas empezaron a escasear, porque su mente empezó a sobrevivir de forma errática, ese mundo se convirtió en todo lo que podía poseer. Durante las últimas décadas de su vida se autoconfinó en un sanatorio. Los paseos eran entonces de cercanías. Pero ya en su punto de mira se había instalado, hacía mucho tiempo, una terapia de observación muy especial: la de los animales que poblaban su mundo, desde los más íntimos hasta los más utilitarios.

Los animales que habitaban su casa, su dormitorio, los que veía por la ventana, los que recordaba por haberlos visto en el gran teatro de la calle, cada vez más lejano. Los que, en fin, iban proliferando en su mente siempre humanizada, tierna, inteligente, deseosa de expulsar de su propio ser la soledad, de decir sin ofender, pero sin abandonar nunca el estado de alerta. Y al final … ¿quién mira? ¿Él mismo o esas entrañables y delicadas bestias? ¿Son esos animales … verdaderos animales?:

Pasa de la medianoche. En una cama duerme Michina, una gatita negra cual ala de cuervo, sobre cojines blancos como la nieve adornados con puntillas. Como suelen hacer los niños pequeños, Michina duerme con la boquita abierta. Coloca una de sus patas debajo de la cabeza, mientras la otra cuelga por encima del borde de la cama. Son las suyas unas patas pequeñas y lindas. En la habitación reina un silencio mágico, y de ella emana un aroma propio, parecido al de una cocina infantil en la que se preparan y asan viandas dulces y exquisitas. También emanan de ella efluvios principescos hacia la sala de espectadores…

Esos seres de distinta cualidad y procedencia (gatos, perros, caballos, ratoncitos, arañas, lechuzas, canarios, monos, cerdos o… minotauros), que pulularon toda su vida por sus ojos de realidad o de imaginación, cobran vida en los relatos de El pequeño zoológico. Hay que estar muy atentos para entrar en el juego que nos propone Walser. ¿Quiénes miran desde esa “sala de espectadores”? Sea como sea, el desfile de estos personajes nos hará reflexionar sobre la condición animal del ser humano, sobre la condición humana, a fin de cuentas.

¿A qué llamé antes terapia de observación? Pues no a otra cosa que a un estado de vigilia permanente. La hibernación de Robert fue solo física, pues sus ojos mentales se convirtieron, por suerte, en una ventana para todos aquellos que, ante esta sociedad especulativa y deshumanizada, pudieron “ver” de verdad, sin cortapisas, sin velos, con una sonrisa alumbrando siempre la comisura de los labios mientras disfrutamos de estos seres tan extraños en la cotidianidad de un inmenso zoológico.

Debemos agradecer a nuestro amigo que nos haya abierto los ojos a través de ese zoo, que nos haya enseñado a ver desde su balcón, a quitarnos la venda cada vez que sufrimos un encierro.

Disponible en e-BULibros

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1 comentario

  1. Juana Rosa Suárez Robaina

    ¡Hola!
    Me pongo ya en la cola para mirarrrrrrr.
    Linda reseña Oswaldo.
    Saludos, Juany

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